Los trastornos de conducta y su impacto en la familia

Anger-Rage-Photo-11

Luis Vega, de La Nueva España, me llamó para hablar sobre los trastornos graves de conducta en población infanto-juvenil. Algunos padres deciden incluso ceder la tutela de sus hijos porque se sienten incapaces de controlar su conducta. En Asturias, el dato es alarmante: en 2017 fueron 53 los menores tutelados por este motivo. El 18 de abril Luis citó mi opinión en su artículo “El consejo a las familias con un hijo incorregible: Pedir ayuda cuanto antes”.

Tal y como le expliqué, los trastornos de conducta son una categoría amplia que engloba distintos problemas que afectan al comportamiento, desde problemas de negativismo, hostilidad u oposición hacia la figura adulta como otros más graves que tienen que ver con la violación de los derechos básicos de los demás o de las normas sociales como agresiones, destrucción de la propiedad, robos o consumo de sustancias. La mayoría de adolescentes cometen actos ilegales pero solo unos pocos presentarán problemas de gravedad.

Las personas que presentan trastornos de conducta a menudo no son capaces de interpretar adecuadamente las intenciones de los demás, atribuyéndolas como más hostiles y amenazantes de lo que en realidad son y responden con una agresividad desmedida que ellos perciben como razonable y justificada. Pueden tener escasa empatía y poca preocupación por los sentimientos, los deseos y el bienestar de los otros. Pueden ser insensibles, carecer de sentimientos apropiados de culpa o remordimientos. Si lo manifiestan puede ser por el interés de evitar el castigo. También es probable que acusen a otros de sus propios actos.

29-04-2018 - Los trastornos de conducta

La remisión de este tipo de problemas suele estar en torno a un 50% debido a que requiere una intervención desde todos los contextos en los que interactúa el menor (familia, escuela, servicios de salud, servicios sociales,…). A nivel familiar, el manejo de estos problemas es muy complicado debido a la intensidad de los comportamientos del afectado que frecuentemente incluyen agresiones, robos en el domicilio o amenazas a los propios padres. Normalmente los padres carecen de habilidades parentales suficientes para reconducir el problema por ellos mismos. Si bien es cierto que existen otros factores,  ciertos estilos educativos desarrollados por los padres en la primera infancia pueden ser uno de los detonantes del problema. Así, un estilo excesivamente laxo a la hora de establecer normas y límites y ceder constantemente ante las conductas coercitivas de los niños generan una vulnerabilidad a la hora de tolerar la frustración. Estas características facilitan que la persona presente grandes dificultades en su vida como conductas de riesgo, accidentes, menor esperanza de vida y mayor índice de criminalidad. Por tanto, se hace necesaria la intervención con estos jóvenes para conseguir una adaptación más positiva a su entorno.

A nivel educativo, deben desarrollarse actuaciones dirigidas a que el afectado no abandone la escolarización y que alcance los objetivos planteados ya que la baja cualificación académica se relaciona con multitud de problemas en los adultos jóvenes. A nivel conductual, es necesario diseñar programas de modificación de conducta que ayuden a la persona a aprender nuevos comportamientos y a inhibir su conducta disruptiva. Mediante técnicas de aprendizaje social deben establecerse metas conductuales y asociarlas a distintos reforzadores que puedan ser valiosos para la persona. La intervención directa con el afectado también es clave para enseñarle técnicas y habilidades necesarias para su funcionamiento diario como habilidades de resolución de problemas, auto-instrucciones, manejo de la ira, etc.

En definitiva, el enfoque preventivo es el más indicado para los trastornos de conducta. La aplicación por parte de los padres de estrategias parentales que combinan afecto y disciplina son la fórmula más efectiva para evitar el desarrollo de problemas de comportamiento en los niños y adolescentes. Tal y como refleja el informe Adolescentes con trastornos de comportamiento”, elaborado por el Hospital Sant Joan de Déu, se percibe por parte de los agentes que intervienen en este tipo de problemas una falta de coordinación entre la familia y la escuela para poder desarrollar intervenciones más efectivas con el menor. Además, el profesorado tiene grandes carencias formativas en lo que se refiere a la identificación del trastorno de conducta y su manejo desde el punto de vista escolar por lo que aumentar los conocimientos de los profesores mejoraría claramente las tasas de recuperación de estos menores.

https://platform.twitter.com/widgets.js

Jonatan Molina Torres
    
 
Anuncios
Los trastornos de conducta y su impacto en la familia

Las fases del cambio: El modelo transteórico de Prochaska y DiClemente

16_orig

Existen muchas definiciones de la psicología a lo largo de la historia, pero la mayoría de ellas comparte un elemento común que define la psicología como una ciencia que busca un cambio en las personas. Y no les falta razón. Generalmente el objetivo que persigue un psicólogo es que exista, tras la terapia, una variación de un determinado comportamiento de la persona o grupo que es definido como conducta problema u objetivo. Dependiendo de su naturaleza, lo que el psicólogo intentará será reducir la conducta (fumar menos cigarrillos para un fumador, tener menos rabietas para un niño con problemas de conducta,…) o aumentarla (hacer deporte en una persona con obesidad, entablar interacciones con personas en un fóbico social,…).

Sin embargo, antes de centrarse en el cambio comportamental, el psicólogo debe hacer frente a un reto todavía más complejo: el cambio motivacional. Este paso debe anteceder siempre a la intervención propiamente dicha porque es más fácil que cambien aquellas personas que están dispuestas a cambiar. Es importante conocer en qué estado motivacional se encuentra el paciente para saber si es factible pedirle un cambio de comportamiento o si todavía se está en una fase prematura.

Prochaska y DiClemente en su modelo de los estadios de cambio identificaron 6 etapas que simbolizan 6 realidades por las que cualquier persona pasa en un proceso de cambio. Este modelo, que inicialmente se planteó en el contexto del tabaquismo, ha demostrado ser constante en cualquier tipo de proceso de cambio de un problema, tanto un cambio realizado por uno mismo como un cambio realizado con la ayuda de un terapeuta. En la ilustración siguiente, pueden verse las 6 etapas del modelo:

procesodecambio

Precontemplación: La persona todavía no ha considerado que tenga un problema o que necesite introducir un cambio en su vida. En consecuencia, no suelen acudir por cuenta propia a terapia.

Contemplación: La persona considera y rechaza el cambio a la vez, se siente ambivalente. Aunque es consciente del problema, la balanza que recoge los motivos para cambiar y los motivos para continuar igual está muy equilibrada.

Preparación: También llamada etapa de “Determinación”. La persona está motivada hacia el cambio, lo que para el terapeuta supone un período ventana para aconsejar el recurso terapéutico más beneficioso. En caso de no conseguir que la persona avance a la etapa de “Acción”, ésta retrocederá a la etapa anterior.

Acción: La persona se implica en acciones que le llevarán a un cambio, por lo que el objetivo es cambiar el problema que se desea resolver.

Mantenimiento: Se intenta mantener en el tiempo el cambio conseguido en la etapa de “Acción” y prevenir recaídas.

Recaída: La persona vuelve a realizar el comportamiento que había cambiado o estaba en proceso de cambiar. Tras esto, el sujeto vuelve a una etapa anterior; es labor del terapeuta motivar y consolar al paciente para que la regresión se dé en una etapa lo más cercana posible a la acción.

Cabe destacar algunas observaciones al modelo. En primer lugar, estas etapas de cambio suelen representarse mediante una rueda para simbolizar el hecho de que la persona “gira” varias veces alrededor del proceso antes de conseguir un cambio estable. Por otra parte, el modelo considera las recaídas como un evento normal en el proceso de cambio, incluso suele decirse a los pacientes que cada recaída “acerca un paso más hacia la recuperación completa”. No se intenta con esto fomentar las recaídas, sino motivar al paciente a que siga con su proceso de cambio.

La implicación que tiene en el contexto clínico este modelo es clave puesto que le da un papel esencial a la identificación del estadio en el que se sitúa el paciente, ya que esto va a determinar qué estrategias debe utilizar en terapia el psicólogo. Las primeras etapas requieren técnicas de corte motivacional mientras que en fases posteriores se aplicarán técnicas cognitivo-conductuales para conseguir el cambio. La siguiente tabla recoge un pequeño resumen de qué técnicas psicológicas utilizar en cada etapa:

Sin título

Considerar el estadio de cambio en el que se sitúa un paciente debe ser una prioridad dentro del proceso de evaluación que un clínico realiza a un paciente, tanto si se trata de un problema de conductas adictivas como si se trata de un cambio de conducta. Una vez establecido esto, se deben aplicar las técnicas que consigan hacer avanzar a la persona por el proceso de cambio hasta llegar a la meta del mantenimiento. Aplicar tareas que no se ajustan a la realidad del paciente producirá con toda seguridad una resistencia terapéutica en el paciente que causará posiblemente el abandono de la terapia. Y es que en palabras de Miller y Rollnick, “la resistencia terapéutica aparece cuando el terapeuta utiliza las estrategias equivocadas para la etapa actual del paciente”.

Referencias:

W.R. Miller y S. Rollnick (1991). La entrevista motivacional. Preparar para el cambio de conductas adictivas (Ed. Paidós)

Las fases del cambio: El modelo transteórico de Prochaska y DiClemente